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ARTÍCULOS
   El Quijote y la Música

Son muchos los motivos que hacen que la novela de Miguel de Cervantes “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha ” (publicada hace ya cuatro siglos en 1605) sea considerada como una obra maestra de la literatura universal, equiparable tan solo con otras joyas de las letras como “ La Iliada ” y “ La Odisea ” de Homero, “ La Divina Comedia ” de Dante, “Guerra y Paz” de Tolstoi, o “Ulises” de Joyce; obras todas ellas de gran envergadura y complejas lecturas. Quizás por ello, la obra cervantina ha cultivado una “descendencia artística” que para el caso que nos ocupa (la música), cuenta con abundantes seguidores: compositores que, inspirados en las aventuras del caballero de la triste figura, han querido aprovechar o hacer homenaje de su esencia argumental en diversas recreaciones musicales.

Al alemán G.P. Teleman, coetáneo y amigo de Haendel y Bach, le faltó tiempo en 1761 para dedicarle una ópera de título “Don Quijote ó Las Bodas de Camacho”, a la que siguió otra ópera homónima a la novela, esta vez por parte de Salieri, (el más famoso rival musical de Mozart en su tiempo) en 1771; y sin embargo, consta una ópera-ballet cómica anterior: “Don Quijote en casa de la duquesa”, de un autor menos célebre: el casi desconocido Joseph Bodin de Boismortier (1689-1755). Desde luego la ópera resulta un medio excelente para conjugar la música y el contenido de la novela, aunque claramente éste se reduzca a una adaptación parcial dad su extensión. No obstante, ya más avanzado el tiempo, se dedican algunos poemas sinfónicos que tratan de reflejar las andanzas del más loco de los caballeros andantes sin necesidad de palabras expresas, tal como la humoresca para orquesta “Don Quijote”, Op. 87 de Antón Rubinstein (1829-1894), o quizás el más excelso poema sinfónico “Don Quijote” de Richard Strauss en 1898.

Sin embargo, todos los títulos citados son producciones extranjeras a la lengua cervantina, pues al parecer España necesitó algo más de tiempo para cuajar musicalmente algunas dedicatorias a nuestro hidalgo. Uno de los primeros ejemplos es el “Combate de Don Quijote con las ovejas”, un scherzo de Ruperto Chapí en 1863; pero habría que esperar a la obra de Falla “El retablo de Maese Pedro” (compuesto entre 1919-1923), para hallar una pieza de altísima calidad basada en un episodio Quijotesco representado en forma de ópera de títeres, en el que se fusiona el folklore histórico español con audacias armónicas modales y experimentales estilos de canto de verdadera vanguardia. No son de despreciar tampoco las obras de los compositores de la llamada generación del 98: “Una aventura de Don Quijote”, de Jesús Guridi, de 1915, o el “Don Quijote velando las armas” de Oscar Esplá, en 1924. Así mismo, por parte de la generación del 27, encontramos las “Danzas a Don Quijote”, de Roberto Gerhard (1896-1970), y “Tres epitafios para las sepulturas de Don Quijote, Dulcinea y Sancho”, de Rodolfo Halffter (1899-1988). Y ya en fechas más recientes, la seguramente más atrevida ópera “Don Quijote” de Cristóbal Halffter, del año 2000.

No sería justo olvidar sin embargo, otras producciones extranjeras, tales como el ballet romántico de Ludwig Minkus “Don Quijote”, que tras Petisa coreografió Nureyev (y en el que se lucía no el personaje de Quijote, sino el del Barbero, interpretado por Nueyev), o la ópera de Jules Massenet de igual título, de 1910 (orgullo para la voz del bajo, que sí interpreta al verdadero protagonista); también son de resaltar las “3 Canciones de Don Quijote a Dulcinea” de Maurice Ravel, para barítono y orquesta, las “4 Canciones de Don Quijote” de Jacques Ibert (también barítono y orquesta), o la comedia musical “El hombre de la Mancha ”, de Match Leigh (de 1965).

Llama además la atención el hecho de que algunas composiciones estén dedicadas a alguno de los famosos personajes de la novela, tales como la ópera bufa de 1762 “Sancho Panza en su isla”. De F. A. Philidor, las “Canciones y danzas para Dulcinea” de Antón García Abril (para orquesta sola, en 1985), las “Ausencias de Dulcinea”, de Joaquín Rodrigo, e incluso la zarzuela “El huésped del Sevillano”, de Jacinto Guerrero (en 1926), que cuenta como personaje central con el mismísimo Cervantes.

 

A este catálogo habría que añadir así mismo la música compuesta para las múltiples películas o series para televisión basadas en el Quijote. Bandas sonoras destacables son las de Jacques Ibert (1932), la de Manuel Parada (1946), la de Kara Karayev (1957), la de Salvador Ruiz de Luna (1960), la de Giovanni Fusco (1962), la de Waldo de los Ríos (1973), la de Lalo Schifrin (para la serie que protagonizó Fernando Rey en 1991), la de Daniel White (para la revisión del inacabado film de Orson Welles en 1992), la de Richard Hartley (2000), o la de José Nieto (2002).

Y sin embargo, cabría hacerse una maliciosa pregunta… ¿realmente consiguen estas obras adentrarse en las profundas realidades de la gran obra cervantina, o se quedan en la esfera de las meras apariencias?. Si bien el lenguaje abstracto de la música posee según muchos una capacidad insuperable para expresar las emociones y la esencia de los significados últimos del mundo, sería necesario en primer lugar para hacer intento de ello respecto al Quijote, comprender sus entresijos más sutiles. Son ya multitud los estudiosos que quieren ver en esta novela una lectura oculta y “esotérica” (que parece apoyar el curiosísimo prólogo que de la obra hace Cervantes, además de ciertos datos biográficos de su vida y otras claves de sus obras), según la cual las aventuras de nuestro hidalgo representan un camino cifrado dirigido a alcanzar la sabiduría mística, y en el cual Don Quijote sería el iniciado (el caballero sometido a pruebas y sacrificios en pos de ser merecedor de su señora), Dulcinea la sabiduría (el ideal supremo), y Sancho en mundo de las apariencias (incapaz de trascender la mayoría de las veces los símbolos ocultos tras la lúcida locura de su señor).

Pese a que una lectura semejante es por ahora tan solo una atractiva teoría, tal como dijo Joseph Conrad: “El autor sólo escribe la mitad del libro. De la otra mitad debe ocuparse el lector”, es decir, depende en gran medida del público saber leer o saber escuchar (tal como del escritor saber escribir o el compositor saber componer), y para ello no encuentro remedio más eficaz que ponerse cerebro, ojos y oídos al servicio del Quijote literario, único e irrepetible, o de cualquiera de sus “descendientes musicales” anteriormente citados.

 

JOSÉ ANTONIO ARIZA RODRÍGUEZ

Maestro en Educación Musical. Prf. Superior de guitarra. Estudiante en Grado Superior de Canto

 

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