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Música,
¿un
adorno
superfluo? |
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La
intención
de este artículo
es hacer
reflexionar
a ustedes,
los lectores,
músicos,
profanos,
simples aficionados
o amantes
de la música
sobre el
valor formativo
que la música
posee desde
una perspectiva
educativa
básica.
Comenzando
por la Grecia
Clásica
hasta nuestros
días,
constataremos
la presencia
de este arte
como elemento
imprescindible
para un completa
formación
como persona
y como ciudadano. “Educad
a los niños
y no
será necesario
castigar
a los hombres” (Pitágoras
de Samos).
A
diario
escuchamos
música
en la
radio,
televisión,
cine,
discos
compactos;
a veces
de forma
involuntaria
y otras
por
el puro
placer
de oírla. Cuando
un cliente
entra
en una
tienda
y escucha
música
se siente
arropado
y tranquilo.
Si debe
esperar
una
cola,
la música
atenúa
la espera
y alivia
la tensión.
En los
gimnasios,
aumenta
la motivación
de los
clientes.
En clínicas
y centros
terapéuticos
o estéticos,
oír
música
ayuda
a la
relajación
del
paciente.
Y en
residencias
de ancianos
anima
y estimula.
Así aparecen
en la
sección
de “Economía/Empresas” de
El País
(23
de octubre
de 2003).
Pero, ¿somos
conscientes
del
verdadero poder que
posee?
Quizás
y solo
quizás
hayamos
olvidado
el valor
formativo
que
ya los
antiguos
griegos
la atribuían
a la
música
(1).
La música
aparece
a través
de los
fragmentos
de los
discípulos
de Damón
como
apropiada
y efectiva
disciplina
para
el alma.
Afirma
que
puesto
que
el alma
es movimiento
y que
el sonido
también
lo es,
hay
una
influencia
recíproca
entre
ambas.
Ahora
bien,
así como
puede
inducir
a la
virtud,
también
puede
inducir
al mal.
Una
anécdota
referida
a Damón,
nos
explica
cómo
se entendía
en aquél
tiempo
la relación
entre
la música
y las
pasiones.
Según
tal
relato,
algunos
jóvenes,
víctimas
de la
embriaguez
del
vino
y excitados,
como
sucedía
a menudo,
por
la melodía
en modo
frigio
de un
flauta,
estaban
a punto
de traspasar
la puerta
de la
casa
de una
mujer
de rectas
costumbres;
en ese
preciso
instante,
la intervención
de Damón,
dando
orden
al flautista
de ejecutar
una
melodía
en la
tonalidad
dórica,
produjo
el efecto
de la
lentitud
y solemnidad
de la
melodía,
abandonando
tales
intenciones.
Es digno
de señalar
que
los
modos
musicales
que
estaban
entonces
en uso,
se ajustaban
cada
uno
a determinados
ethoi
o estados
anímicos,
produciendo
cada
uno
de ellos
un efecto
característico
sobre
el espíritu,
ya fuera
positivo
o negativo.
Así mismo
cada modo
imitaría
también
las
costumbres
del
país
en que
se originase
y –más
aún-
la clase
de régimen
político
existente:
democrático,
oligárquico
o tiránico.
La
música
es mucho
más.
Además
de su
condición
artística,
tiene gran
valor
como
instrumento
de socialización;
aspecto
que
se ha
usado
muchas
veces
para
orientar
la sensibilidad
colectiva,
sobre
todo
mediante
el canto
coral,
pues
sin
duda
alguna
la conjunción
de voces
contribuye
a aumentar
el sentimiento
de colaboración.
Cuando
el niño
canta
se siente
integrado
en un
grupo
y adquiere
conciencia
de que
sus
miembros
son
todos
igualmente
importantes.
Comprende
que
de la
conjunción
de esfuerzos
nacerá el
logro
de un
objetivo
común.
Así afirma
Kurt
Pahlen
(2)
que “el
canto
coral
es una
insuperable
escuela
de democracia”.
Este
tema
ha sido
llevado
al cine
en diferentes
ocasiones,
como
recientemente
en la
película
francesa “Los
chicos
del
coro”.
También
cumple
el canto
una
función
de carácter diagnóstico.
Se pueden
apreciar
con
más
precisión
si un
niño
padece
alguna
deficiencia
auditiva.
Mediante
el canto
suelen
ponerse
de manifiesto
ciertas
deficiencias
respiratorias
y vocales,
que
descubiertas
a tiempo
por
un profesor
experimentado
pueden
someterse
a tratamiento
médico.
Es aconsejable
que
el profesor
observe
a sus
alumnos
con
el fin
de detectar
posibles
problemas
en la
emisión
de sonidos.
No
podemos
olvidar
el influjo
que
ejerce
la música
sobre
el espíritu
de quién
la oye.
Es notorio
el impacto
delirante
que
el cantante
de modo
produce
sobre
la muchedumbre
exaltada
de sus “fans”.
En este
caso
los
efectos
de la
audición
musical
pueden
ser
de carácter
pernicioso.
No obstante
lo normal
es que
sus
efectos
sean
estimulantes
y positivos.
Así tenemos
estudios
realizados
en diversas
clínicas
psiquiátricas
americanas,
que
demuestran
el influjo
benéfico
sobre
pacientes
con
alteraciones
neurológicas
y psíquicas.
Una
gran
cantidad
de disrupciones
en las
aulas
de numerosos
centros
educativos
han
sido
mejoradas
a través
de este
recurso.
De ello
deducimos
otra
función
no menos
importante
que
las
anteriores
mencionadas:
la terapeútica.
A
través
de la
música
en especial
con
los
ejercicios
de respiración
y vocalización
que
preceden
al canto
podemos
perfeccionar
tanto
la dicción
como
la entonación
del
lenguaje
hablado.
También
es digna
mención
su función
como
complemento
educativo
en las
clases
de educación
física,
literatura,
geografía
e historia:
-
La gimnasia se hace muy
divertida y amena a los
niños,
adquiriendo un mayor
control rítmico
en sus movimientos (en
educación
infantil resulta un medio
imprescindible).
-
La
clase
de
historia
encuentra
en
la
canción
un
documento
vivo
y en
la
música,
la
atmósfera
ideal
para
recrear épocas
pasadas.
-
La
literatura
se
vuelve
más
colorista
al
escuchar
romances
cantados
e instrumentados
tales
como “Las
tres
cautivas”, “El
conde
Olinos” o “Dónde
vas
Alfonso
XII?”.
-
A la
geografía
nos
aporta
el
folklore
regional
tan
rico
y variado
que
nos
permite
conocer
y sentir
nuestro
pueblo
con
más
intensidad.
Además
de los
puntos
anteriormente
citados,
según
Peter
Wills
y Melanie
Peter
(3),
encontramos otros
efectos
beneficiosos de
la música,
que
podríamos
citar,
por
ejemplo,
cuando
alguien
pregunte
para
qué estudiar
música:
-
disfrute de la sensación
de logro individual y
colectivo;
-
apreciación
y discriminación
estéticas;
-
destrezas
de
escucha
y discriminación
de
los
sonidos;
-
imaginación
e inventiva;
-
destrezas
intelectuales
y artísticas;
-
capacidad
de
analizar
y resolver
problemas;
-
técnicas
de
estudio:
atención
a los
detalles,
incremento
del
margen
de
atención,
preocupación
por
la
precisión,
memorización
e interpretación
de
sonidos
y símbolos;
-
técnicas
de
comunicación
(no
verbales
y verbales);
-
destrezas
sociales,
como
el
ingenio,
la
perseverancia
y la
confianza
en
sí mismo;
-
motivación
personal,
autodisciplina,
análisis
de
sí mismo
y autoevaluación;
-
conciencia
y aprecio
de
muy
diversas
tradiciones
culturales.
Es
por
todo
ello
por
lo que
debemos
reivindicar
el valor
formativo que
la música
posee
y convencer
de esto
a aquellos
que
la consideran
como “un
adorno
superfluo” de
una
hora
semanal
en las
escuelas
o como
un elemento
relacionado
todavía
con
la educación
decimonónica
de las
señoritas
(que
aprendían
a tocar
el piano
para
tener
la oportunidad
de cazar
un buen
partido)(4).
NOTAS:
- FUBINI,
ENRICO. La
estética
musical desde la Antigüedad
hasta el siglo XX.
Alianza Música.
Madrid. 1996. Págs.
52 y 53.
- ORIOL-PARRA. La
expresión
musical
en
la
educación
básica.
- WILLS,
PETER
Y PETER,
MELANIE. Música
para
todos.
Akal/Didáctica
de
la
Música.
Inglaterra.
1996.
- MARTÍN
MORENO,
ANTONIO. Trascendencia
de
la
educación
musical:
una
breve
panorámica
histórica.
Eufonía
(nº 30,
enero
2004),
pág.
10.
MERCEDES
FERNÁNDEZ
PÉREZ
Diplomada
en Educación
Músical
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