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Oboe |
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El
más importante
de los miembros
de la familia
de viento-madera,
el oboe,
apareció
a mediados
del siglo
XVII. Su
inmediato
antecesor,
la chirimía,
era idóneo
para las
actuaciones
al aire
libre debido
a su potente
sonoridad,
lo cual
le apartó
de los circuitos
cultos.
Con el advenimiento
del oboe
propiamente
dicho, la
situación
cambió y
el instrumento
se ganó
rápidamente
un papel
destacado
en la ópera.
A lo largo
del siglo
XVIII fue
gradualmente
aceptado
en la orquesta,
donde pasó
de doblar
los pasajes
de la cuerda
(sobre todo
a violines)
a establecerse
como solista.
Su creciente
protagonismo
en las formaciones
orquestales
fue paralelo
al aumento
de composiciones
específicas
para el
oboe. El
instrumento
se había
convertido,
ya a mediados
del siglo
XVIII, en
un símbolo
musical
en las principales
capitales
y países
europeos,
donde autores
de la talla
de Telemann,
Haendel
o Vivaldi
se dedican
a explotar
sus cualidades
líricas.
Aunque durante
e romanticismo
el oboe
no tuvo
un papel
destacado
como solista,
este período
fue fundamental
para el
desarrollo
técnico
del instrumento.
En Francia,
de la mano
de Frédéric
TRiébert,
el oboe
experimentó
las modificaciones
constructivas
que esablecieron
las características
que ha guardado
hasta la
actualidad.
Estas innovaciones
constituyeron,
sin duda
alguna,
el punto
de partida
de reinado
del oboe
entre los
instrumentos
de viento-madera.
Actualmente
en la Banda
de Música
de Alozaina
no hay
ningún
instrumentista
que toque
el oboe,
pero
se
espera
que pronto
algún
alumno
de las
Escuela
de la
Música
use
este
instumento.
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